Saturday, September 6, 2014

La horda aniquilable

Este texto es la traducción de The Killable Horde, publicada el 4 de septiembre en este blog (traducción del inglés de Antonio Doval Borthagaray)

La película Guerra Mundial Z incluye varias escenas en las que soldados matan a enormes cantidades de zombies; no es casual que la película termine con una imagen que simboliza la victoria de las fuerzas mundiales de seguridad sobre la epidemia planetaria zombie: enormes pilas de cadáveres, tan grandes que forman empinadas colinas. Estos cadáveres de zombies epitomizan la idea de la horda aniquilable, compuesta de cuerpos que son tan peligrosos, incontrolables y desprovistos de humanidad que deben ser asesinados “en defensa propia.” La idea de llamar a esta violencia “un crimen” es impensable. Este es el momento en que las ideas de Agamben sobre “el estado de excepción” se vuelven palpablemente reales: cuando gente que se autodefine como civilizada condena el asesinato excepto cuando involucra una horda deshumanizada y percibida como aterrorizante.
Los zombies que la industria del cine presenta como aniquilables son la manifestación ficcionalizada de las multitudes humanas que son consideradas asesinables en todo el mundo, desde Gaza a Ferguson, Missouri. Los poderosos siempre han marcado a las poblaciones oprimidas como salvajes, atemorizantes y aniquilables sin culpa. La reciente popularidad de discursos sobre derechos humanos y humanitarianismo no parecen haber socavado el poder de esta disposición visceral hacia la vida y la muerte. El comentarista conservador Ben Stein, por ejemplo, justificó el asesinato de Michael Brown por la policía en Ferguson con el fundamento de que, en sus palabras, “él no estaba desarmado,” porque “él estaba armado con su increíblemente fuerte y atemorizante ser” (his incredibly strong, scary seflf) y que el policía, entonces, estaba justificado de sentirse amenazado y de dispararle seis tiros. Los defensores de la masacre indiscriminada de civiles por la violencia israelí en Gaza expresan argumentos igualmente desconcertantes que reproducen la imagen de que los palestinos, por definición, dan miedo. Mencionar la palabra “Hamas” parece suficiente para justificar que se haga cualquier cosa contra la gente que vive en el ghetto de Gaza, a pesar de la abrumadora evidencia de que la mayoría de las víctimas (como Michael Brown en Ferguson) estaban desarmadas. Pero la evidencia material y los argumentos racionales nunca son suficientes para persuadir a aquellos que sienten el miedo en sus entrañas. Lo que es aterrador sobre los palestinos, como Ben Stein dijo en el caso de Missouri, es su misma existencia, “su ser atemorizante,” que los “arma” con un “increíble” poder: el poder de inculcar miedo en los poderosos. Igual que los zombies; o los “indios.”

Hace décadas, Gilles Deleuze y Elías Sanbar usaron la acertada frase “Los indios dePalestina” para nombrar a la situación colonial impuesta por el estado de Israel sobre el pueblo nativo de Palestina. Pero los palestinos se volvieron los “indios” de Israel no simplemente porque fueron desposeídos por colonos sino también porque, como parte de este proceso (como con los “indios” de las Américas), se volvieron los perfectos salvajes asesinables. A los ojos de la mayoría de la opinión pública en Israel, “los árabes” (el término con el que los palestinos son reificados y exotizados) han sido posicionados como indios irracionales que amenazan un reluciente puesto de avanzada de la civilización. Ellos son por ende matables con impunidad y sin culpa. Como si fuesen zombies. Después de todo, como argumenté en una entrada previa (World Revolution Z), la horda zombie que en Guerra Mundial Z carga contra el Muro Israelí de Separación (y que las tropas israelitas tratan sin éxito de masacrar) es una horda zombie palestina que viene de los territorios ocupados. Los hombres afro-americanos en los Estados Unidos también son tratados como si fuesen zombies (o indios salvajes). Cuando gente blanca de Ferguson organizó una manifestación de apoyo al policía que ejecutó a Michael Brown, se organizó una contra-protesta de gente mayoritariamente afro-americana que empezó a cantar “manos arriba, ¡no disparen!” El grupo de manifestantes a favor de la policía, que minutos antes había estruendosamente negado ser racistas, respondió con un desconcertantemente transparente “¡disparen! ¡disparen! “¡disparen! ¡disparen!” David Gershon escribió (acá) sobre este incidente: “A veces hay momentos que son tan crudos que tienen el poder de encapsular una verdad desagradable (an ugly truth) en un solo instante. Este es uno de esos momentos.” La verdad desagradable revelada por esos llamados entusiastas a aniquilar a gente desarmada es también evidenciada por quienes se muestran indiferentes ante el asesinato de cientos de niños en Gaza por parte del estado de Israel. A pesar de las obvias diferencias entre ambos casos, estos eventos de violencia sacan a la luz algo sobre lo que vale la pena reflexionar sobre los campos de fuerza afectivos que definen al orden mundial: que gente normalmente respetuosa de las leyes puede condenar con indignación el asesinato de seres humanos, excepto cuando involucra cuerpos rebeldes y aterradores que merecen ser aniquilados ‒como esos zombies masacrados en Guerra Mundial Z.

Wednesday, September 3, 2014

The Killable Horde

The film World War Z includes several scenes in which soldiers kill large numbers of zombies; not surprisingly, the movie comes to an end with a graphic image that symbolizes the victory of the global security forces over the planetary zombie epidemic: massive piles of corpses, so large that they form steep hills. This detritus of zombie corpses epitomizes the trope of the killable horde, made up of bodies that are so dangerous, uncontrollable, and devoid of humanity that they have to be murdered “in self-defense.” The idea of calling this violence “a crime” is unthinkable. This is the one moment when Agamben’s ideas about “the state of exception” become tangibly real: when self-proclaimed civilized people condemn murder except when it involves a scary, dehumanized, hostile horde.
The zombies that the film industry presents as killable are the fictionalized embodiment of the actual human multitudes that are deemed killable all over the world, from Gaza to Ferguson, Missouri. The powerful have long marked oppressed populations as savage, frightening, and killable without guilt. The recent popularity of tropes about human rights does not seem to have undermined the power of this visceral disposition toward life and death. Conservative pundit Ben Stein, for instance, justified the police shooting of Michael Brown in Ferguson on the grounds that, in his words, “he wasn’t unarmed,” because “he was armed with his incredibly strong, scary self” and the officer, therefore, was justified in feeling threatened and shooting six times. Defenders of the indiscriminate massacre of civilians by Israeli violence in Gaza made similarly perplexing arguments on the grounds that Palestinians are, by definition, scary. Mentioning the word “Hamas” seems for them enough to justify doing anything to those living in the Gaza ghetto, despite the overwhelming evidence that the vast majority of the victims were (like Michel Brown in Ferguson) unarmed. But material evidence and rational arguments are never enough to persuade those who feel fear in their guts. What is terrifying about Palestinians, as Ben Stein put it in the case of Missouri, is their mere existence, their “scary selves,” which “arms” them with an “incredible” power: the power to instill fear on the powerful. Just like zombies; or “Indians.”

Decades ago, Deleuze used the apt phrase “The Indians of Palestine” to name the colonial situation imposed by the Israeli state on the people native to Palestine. Yet Palestinians became the “Indians” of Israel not simply because they were dispossessed by settlers but also because, in the process (as with the “Indians” of the Americas), they became the ultimate killable savages. In the eyes of the majority of the Israeli public, “the Arabs” (as Palestinians are reified and exoticized) have been positioned as irrational Indians threatening a shinning outpost of civilization. They are therefore killable with impunity and without guilt. As if they were zombies. After all, as I argued in a previous post (World Revolution Z), the zombie horde that on World War Z charges against the Israeli Wall of Separation (and that Israeli troops unsuccessfully try to massacre) is a Palestinian zombie horde that comes from the occupied territories. African-American men in the United States, likewise, are increasingly treated as if the were zombies (or savage Indians). When white demonstrators in Ferguson rallied in defense of the police officer who executed Michael Brown, they were confronted by a counter demonstration that chanted “Hands up, don’t shoot!” The pro-police crowd, which minutes earlier had vociferously denied it was racist, responded with a disarmingly transparent “Shoot, shoot!” David Gershon wrote (here) about this incident: “Sometimes, there are moments so stark that they have the power to encapsulate an ugly truth in a single frame. This is one such moment.” The ugly truth encapsulated by that crowd is also made transparent by those who disregard or justify the murder of hundreds of children in Gaza. Despite their obvious differences, these events of violence teach us something worth reflecting on about the affective force-fields that define our capitalist and imperial present: that otherwise law-abiding people can readily and indignantly condemn murder, except when it involves those unruly, scary bodies that deserve to be killed —like those zombies shred to pieces in World War Z.